Corea del Norte es, sin lugar a dudas, uno de los países donde la persecución religiosa alcanza niveles alarmantes, particularmente contra la comunidad cristiana. Bajo el régimen totalitario de Kim Jong-un, cualquier manifestación religiosa es vista como una amenaza directa al culto al liderazgo supremo, una ideología que el gobierno norcoreano ha impuesto con mano de hierro desde la época de Kim Il-sung, el fundador del estado.
Los cristianos en Corea del Norte enfrentan una realidad brutal. La simple posesión de una Biblia, o el hecho de orar en privado, puede resultar en arresto, tortura e incluso la ejecución. Se estima que entre 50.000 y 70.000 cristianos se encuentran actualmente en campos de trabajo forzado, conocidos como “kwanliso”, donde son sometidos a condiciones inhumanas. Estos campos son equivalentes a prisiones de trabajo donde los prisioneros, incluidos los cristianos, son explotados física y mentalmente.
La paranoia del régimen hacia cualquier creencia que compita con el culto a la dinastía Kim ha llevado a una vigilancia extrema. Las redes de informantes y la propaganda estatal aseguran que incluso los miembros de la familia de un cristiano pueden ser castigados, siguiendo la política de culpabilidad por asociación. Esta persecución sistemática ha llevado a la comunidad cristiana a practicar su fe en secreto, con reuniones clandestinas y utilizando medios discretos para compartir las Escrituras.
A pesar de esta opresión, informes de organizaciones internacionales señalan que la fe de los cristianos norcoreanos sigue siendo fuerte. En medio de la oscuridad y el sufrimiento, estas personas encuentran consuelo en su fe, un acto de resistencia silenciosa contra uno de los regímenes más represivos del mundo. La situación de los cristianos en Corea del Norte es un recordatorio de que la libertad religiosa sigue siendo un derecho por el cual muchos arriesgan sus vidas diariamente.

