En varias regiones del mundo donde los grupos radicales islamistas tienen presencia, se ha documentado el uso de niños cristianos como herramientas para causar daño a sus familias y comunidades. Estos grupos extremistas, que operan en países como Nigeria, Siria, Irak y Pakistán, secuestran a niños con el objetivo de infligir sufrimiento emocional y psicológico en sus familias, muchas veces buscando desintegrar la estructura social de las comunidades cristianas.
El secuestro de menores cristianos es una táctica cruel que utiliza el dolor y la desesperación de los padres como arma. En muchos casos, los niños son obligados a presenciar o participar en actos de violencia contra sus propios seres queridos, lo que genera un trauma profundo. Algunos son forzados a renunciar a su fe, convertir al islam o ser adoctrinados en ideologías radicales. Aquellos que se resisten, enfrentan abusos físicos y psicológicos que van desde la tortura hasta el trabajo forzado, y, en los casos más extremos, la esclavitud sexual.
Uno de los ejemplos más conocidos de esta táctica es el secuestro de niñas cristianas en Nigeria por el grupo terrorista Boko Haram. Este grupo ha raptado a cientos de menores, especialmente en áreas predominantemente cristianas, con el propósito de forzar matrimonios, convertirlas al islam o utilizarlas como armas psicológicas contra sus familias. La imposibilidad de rescatar a estos niños agrava el sufrimiento de sus familias y debilita la cohesión social de las comunidades cristianas en estas zonas conflictivas.
Estos crímenes, que combinan la brutalidad física con la manipulación psicológica, no solo violan los derechos humanos de los niños, sino que también buscan desestabilizar la vida de las familias cristianas, haciendo más difícil la convivencia pacífica en estas regiones.

