La comunidad cristiana en Gaza, una minoría en una Franja plagada de horrores, permanece prácticamente “encerrada” en la Parroquia de la Sagrada Familia, única iglesia católica operativa del territorio. Según el párroco argentino Gabriel Romanelli, más de 400 cristianos, junto a un grupo de musulmanes discapacitados, en su mayoría niños, han encontrado refugio allí desde octubre de 2023, enfrentándose a condiciones extremas y sin acceso a ayuda humanitaria desde hace más de dos meses.
Cada día a las 20:00 h, resuenan las campanas de la iglesia, evocando el recuerdo del papa Francisco y marcando un momento de comunión y esperanza en medio del caos. La comunidad, entre misas y clases improvisadas para mantener cierta normalidad, sobrevive con ayuda limitada recibida durante breves treguas, cuando algunos camiones de víveres lograron entrar. Sin embargo, ante la reanudación del bloqueo en marzo, la crisis alimentaria se agravó: el almuerzo consiste en arroz con unas pocas alubias de lata, sin carne, pescado ni verduras frescas.
El panorama sanitario y logístico es igualmente oscuro. La electricidad escasea porque no hay combustible, lo que limita el uso de generadores. Solo los paneles solares permiten cargar teléfonos o bombear agua de un pozo rehabilitado dentro del complejo. El padre Romanelli alerta sobre la “extrema urgencia”: la comunidad está exhausta, con hambre, miedo constante a los bombardeos y sin indicios de un posible alivio.
El sacerdote lanza una petición urgente: que el nuevo papa, León XIV, y la comunidad internacional “tengan a Gaza en el corazón”, orando por el fin del conflicto, la liberación de rehenes y una apertura real del acceso humanitario. Solo así, dice, se podría dar “un paso valiente hacia la paz” que Gaza y todo el Oriente Próximo necesitan.

