En varios países de América Latina, donde la devoción cristiana sigue siendo mayoritaria, ser creyente puede convertirse en un riesgo. En Nicaragua, bajo el régimen de Daniel Ortega, la persecución religiosa ha escalado en intensidad. Se han registrado más de 200 ataques contra la Iglesia, incluyendo exilios, cierres de canales católicos y restricciones a procesiones populares como las de Semana Santa. El pasado junio, el pastor José Luis Orozco y otros 12 líderes evangélicos fueron encarcelados sin acceso a biblias ni contacto familiar, enfrentando sentencias de hasta 12 años y multas millonarias, únicamente por ejercer su fe.
México destaca por la violencia ejercida por organizaciones criminales: líderes cristianos son extorsionados, secuestrados y asesinados, especialmente cuando defienden sus comunidades o se niegan a colaborar con cárteles. En Chiapas, el sacerdote indígena Marcelo Pérez fue asesinado después de celebrar misa y liderar reivindicaciones sociales.
En Colombia, si bien ha mejorado su posición en el “World Watch List”, sigue liderando la región en niveles de persecución. En 2024, ocupó el lugar n.º 34 con una puntuación apenas inferior a la de 2023. Grupos armados, narcotraficantes y comunidades indígenas siguen hostigando a creyentes, especialmente en zonas rurales, por su labor humanitaria o sus valores cristianos.
En Cuba, aunque menos destacada en la lista, la situación no es menos preocupante. La nueva “Ley de Comunicación Social” reprime la expresión religiosa crítica hacia el régimen. Se persigue, detiene y acosa a quienes ejercen su fe fuera de canales estatales.
Así, aunque América Latina es profundamente cristiana, la libertad religiosa está lejos de ser plena. Entre regímenes autoritarios que controlan el culto, cárteles violentos que castigan cualquier resistencia, y comunidades que excluyen a creyentes distintos, la fe se convierte para muchos en un acto valiente de resistencia.

