sit.internazionale.web@gmail.com

Pablo M. Díez: "En China, todas las religiones son controladas por el Partido Comunista"

Pablo M. Díez (Córdoba, 20 de julio de 1974) es corresponsal del diario ABC en China y Asia desde 2005. Con base en Pekín, ha cubierto los acontecimientos más importantes que han ocurrido en este continente. Entre ellos destacan el tsunami de Japón y el desastre nuclear de Fukushima, que inspiró su novela “Fukushima mon amour”, los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y la tensión militar entre Estados Unidos y Corea del Norte, país que ha visitado en tres ocasiones desde 2007, entre otros acontecimientos. El periodista nos concede esta entrevista para saber más sobre los cristianos perseguidos en el país asiático. 

1. En China hay una población aproximada de 1.400 millones de personas con distintas religiones. Las más destacadas son: el confucionismo, el taoísmo y el
budismo pero también hay minorías como la del cristianismo. ¿Cómo es ser cristiano en China?

En China, todas las religiones están controladas por el régimen del Partido Comunista, que vigila estrechamente las creencias para que no le hagan sombra
al poder político. Además, se da la paradoja de que la República Popular China no tiene relaciones diplomáticas con el Vaticano, que sigue manteniendo sus
lazos con Taiwán (oficialmente, República de China). Eso lleva a que haya una iglesia oficial, dirigida por la Asociación Católica Patriótica y controlada por el
régimen, y otra clandestina que en ocasiones es perseguida por la Policía. Esta división ha causado un auténtico cisma en la Iglesia china, ya que algunos
obispos pertenecientes a la Asociación Católica Patriótica han llegado a ser excomulgados por el Vaticano y otros fieles a la Santa Sede han sido encarcelados. Para acabar con estos problemas, el Vaticano y Pekín firmaron en 2018 un acuerdo para el nombramiento consensuado de obispos. Sin que trascendieran muchos detalles, esta especie de concordato fue renovado el año pasado dentro del acercamiento del Papa a China, que ha sido muy criticado por algunos sectores de la Iglesia por la persecución que todavía sufren los católicos en China. Junto a las campañas de los últimos años, como la que obligó a retirar unas 1.800 cruces y a demoler docenas de templos en la industrializada provincia costera de Zhejiang en 2014, algunos sacerdotes han sido encarcelados y la Policía vigila de forma rutinaria a los fieles. Como cualquier acto que suponga señalarse, ser cristiano en China supone buscarse problemas y caer bajo la lupa de las autoridades, que vigilan a quienes acuden a misa. La prueba más visible son las cámaras de seguridad que suelen apuntar a las puertas de las iglesias. En China, las sospechas recaen sobre todo aquel que jure lealtad a algo que no sea el Partido Comunista.

2. Según la lista mundial de cristianos perseguidos elaborada anualmente por Puertas Abiertas, China ocupa el puesto número 17. ¿Por qué cree que el país asiático está en esa lista y ocupa ese puesto?

Porque la apertura económica y social que ha vivido China durante las cuatro últimas décadas no ha venido acompañada de una distensión política y el
régimen recela de todo lo que pueda hacerle sombra, como ocurrió por ejemplo en la Polonia comunista de los años 80 gracias a la lucha del sindicato Solidaridad y del Papa Juan Pablo II. Con la lección bien aprendida del desplome de los regímenes comunistas en Europa, China no quiere que se repita
la historia y toma todas las medidas a su alcance. Consciente de la posición de fuerza que le da su gigantesco mercado, al que aspiran todas las empresas de Occidente, Pekín no tiene reparos en limitar las libertades religiosas y políticas. En lugar de relajar el control con el paso del tiempo, se ha endurecido desde que está en el poder el presidente Xi Jinping, el líder más autoritario de Mao y que aspirar a perpetuarse en el poder.

3. Algunos indicadores indican que la persecución de los cristianos en China es cada más intensa, ¿a qué se debe? ¿Cuáles son los motivos para que se esté intensificando dicha persecución?

Creo que va por rachas, pero, en general, el control y la represión política han aumentado en China con el presidente Xi Jinping, que no quiere que nada ni nadie le hagan sombra y “vende” a su pueblo la imagen de un fuerte liderazgo internacional. Por ese motivo, no ha dudado en enfrentarse abiertamente a EE.UU. y el resto de Occidente en muchos frentes, entre ellos el religioso.
Además de la demolición de iglesias y cruces de los últimos años en las provincias con más fieles, como Zhejiang, Pekín ha aplicado la “mano dura” en la región musulmana de Xinjiang, vigilando estrechamente a sus habitantes autóctonos, los uigures, y confinando a cientos de miles (hasta un millón según algunos cálculos) en campos de reeducación para prevenir el terrorismo
islamista. Pero sin que hubieran cometido antes ningún delito, solo por el hecho de ser musulmanes y, por tanto, sospechosos de radicalizarse. A otra escala, lo
mismo ocurre con los católicos. Afortunadamente para esta comunidad, el acercamiento con el Vaticano ha mejorado su situación y la de sus sacerdotes, pero algunos siguen encarcelados por obedecer a la Santa Sede y no plegarse a las órdenes del régimen.

4. ¿Cómo describiría la postura de China en relación a la libertad religiosa? ¿Y concretamente sobre el cristianismo?
Rotas desde 1951, cuando Mao Zedong expulsó del país al Nuncio de la Santa Sede y a sus misioneros católicos, las relaciones de China con la Iglesia han estado marcadas por la feroz persecución durante la época dura del comunismo y una progresiva relajación, pero bajo un férreo control, tras la apertura al
capitalismo hace cuatro décadas. A pesar de las mayores libertades económicas y sociales que ha vivido China desde entonces, el régimen del Partido Comunista sigue dirigiendo todos los cultos religiosos, desde el budismo hasta el cristianismo pasando por el islam, para que nada ni nadie le hagan sombra.

5. Cualquier anécdota, testimonio, tema relacionado que considere interesante.

Hay casos sangrantes como el del obispo de Shanghái, Tadeo Ma Daqing, recluido desde 2012 en el seminario de Sheshan tras criticar en su propia ordenación el control religioso de las autoridades chinas. Tras confesar en su blog que se arrepentía de esta protesta, fue readmitido en 2017 en la Asociación Católica Patriótica, pero solo como “padre”, no con el título de obispo que le había concedido el Vaticano.
Peores aún son los casos de otros obispos mártires encarcelados y torturados como José Fan Zhonglian y Cosme Shi Enxiang, que se pasaron catorce años bajo arresto domiciliario hasta su muerte, o Jaime Su, desaparecido desde 2003 y de quien no se sabe si está vivo o no. A la espera de aclarar estos abusos, los
fieles de la Iglesia “clandestina” confían en que el acuerdo entre China y el Vaticano sirva para acabar con la persecución que aún pesa sobre sus cabezas.
Todos ellos recuerdan la masiva campaña de 2014 contra las iglesias en Zhejiang. Por luchar contra esta purga religiosa en la región con más cristianos
de China, el abogado Zhang Kai fue detenido durante siete meses y obligado a confesar en televisión que actuaba al servicio de fuerzas extranjeras.
A finales de 2017, el gobierno provincial de Jiangxi, al sur del país, obligó a los numerosos católicos de la comarca rural de Yugan a cambiar los cuadros de Cristo que tenían en sus casas por retratos del presidente Xi Jinping, so pena de retirarles las ayudas públicas que recibían. Y en abril de 2018, durante la
presentación del Libro Blanco sobre las Religiones, un responsable oficial, Chen Zongrong, aseguró que “ninguna fe está por encima del Estado” y que “la
Constitución china establece que los grupos religiosos no pueden ser controlados por fuerzas extranjeras”.

Traductor