Silencio forzado: la represión silente contra cristianos en Nicaragua y su eco en América Latina
En los últimos años, la represión contra comunidades cristianas en Nicaragua ha adquirido una dimensión poco visible pero profunda, que revela dinámicas más amplias de persecución en América Latina. Según un informe conjunto, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha intervenido para silenciar a la Iglesia católica, ejerciendo control sobre obispos, sacerdotes y fieles, restringiendo la libertad de culto y pisoteando la autonomía eclesial.
Más de 150 clérigos y religiosas han sido forzados al exilio, mientras que otros permanecen bajo vigilancia constante o envueltos en detenciones arbitrarias. Los actos de hostigamiento incluyen la congelación de cuentas bancarias, imposición de requisitos para realizar misas y la prohibición de procesiones religiosas tradicionales.
Pero este fenómeno no se limita solo a Nicaragua. La ONG Open Doors incluye a varios países latinoamericanos como parte de los 50 más peligrosos para los cristianos, señalando que factores como el crimen organizado (en México), el autoritarismo estatal (en Cuba y Nicaragua) y las presiones para que los líderes cristianos no cuestionen al poder —político o económico— están detrás de esta nueva fase de persecución.
De forma más sutil, la persecución también adopta formas de discriminación y hostigamiento ideológico: iglesias que pierden su estatus legal, fieles que evitan manifestarse públicamente por temor a represalias y comunidades cristianas que se convierten en “objetivo colateral” cuando denuncian la violencia o la corrupción.
La singularidad de la región radica en que hablamos de países de mayoría cristiana, donde la hostilidad hacia los creyentes no proviene únicamente del Estado como en otros contextos, sino también de mafias, estructuras informales y del propio entramado de impunidad que coarta la libertad religiosa. Esta situación exige que la atención no se centre solo en los grandes titulares, sino en las minorías silenciadas dentro de un entorno que, a simple vista, parece “normal”.
En definitiva, la persecución de cristianos en América Latina evoluciona hacia modalidades más encubiertas —y por ello más difíciles de capturar— que requieren vigilancia, solidaridad internacional y un análisis que vaya más allá de los clásicos focos de conflicto.

