Taybeh, un pueblo cristiano que vuelve a quedar atrapado: la persecución también se mide en el miedo a permanecer
La persecución contra los cristianos no siempre adopta la forma de una iglesia incendiada o de un asesinato. En ocasiones se manifiesta de una manera más silenciosa: vivir bajo amenaza, ver cómo se deteriora la seguridad y sentir que permanecer en la propia tierra resulta cada vez más difícil. Es lo que está ocurriendo en Taybeh, uno de los últimos pueblos completamente cristianos de Tierra Santa.
El pasado 9 de agosto, el Ejército israelí declaró Taybeh, en Cisjordania, zona militar cerrada para los israelíes no residentes. La medida llegó después de varios episodios violentos atribuidos a colonos israelíes y fue presentada por las autoridades militares como una forma de proteger a los habitantes del pueblo.
La situación resulta especialmente significativa por el valor histórico y religioso de Taybeh. La localidad conserva una comunidad cristiana palestina que se encuentra entre las últimas que mantienen una presencia estable en esta zona. Sus habitantes han denunciado durante los últimos meses episodios de intimidación y violencia, mientras aumenta la preocupación por el futuro de la comunidad cristiana.
La presión sobre los cristianos de Tierra Santa, además, no procede de un único frente. En Jerusalén, organizaciones cristianas han advertido de un incremento de agresiones, insultos, actos de vandalismo y ataques contra religiosos y lugares de culto. Los cristianos representan menos del 2% de la población de Israel y afrontan también un progresivo descenso demográfico provocado, entre otros factores, por la emigración.
El caso de Taybeh recuerda así una realidad que a menudo queda fuera de las cifras de la persecución: una comunidad puede desaparecer sin que todos sus miembros sean asesinados o encarcelados. Basta con que la inseguridad, la intimidación y la falta de perspectivas hagan imposible continuar viviendo allí.
Para los cristianos de Tierra Santa, resistir no significa únicamente defender edificios religiosos. Significa también poder seguir siendo una comunidad viva en la tierra donde nació el cristianismo.

